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Reflexionando los dones del Espíritu Santo

El Entendimiento:

El Don de la comprensión es el regalo del Espíritu Santo de la inteligencia y la iluminación. Es la habilidad de percibir, comprender e interpretar la información; de tener perspicacia y discernir el significado. La capacidad de analizar y razonar, resolver problemas y decidir seguir a Cristo en nuestra vida diaria.

“La palabra “inteligencia” deriva del latín intus legere, que significa “leer dentro”, penetrar, comprender a fondo.

Mediante este don el Espíritu Santo, que “que escruta las profundidades de Dios” (1 Co 2, 10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios (San Juan Pablo II).

La Sabiduría:

De ejercer el buen juicio. Esto es particularmente importante para encontrar a Dios en todas las cosas, en particular en todo lo que nos sucede y en todos los que nos encontramos. Se basa en el sentido común y proviene de la experiencia y aprendizaje de la vida.

La sabiduría distingue entre el bien y el mal, busca y defiende la verdad y la justicia, y equilibra el bien personal con el bien común.

La Ciencia:

Sabemos que la humanidad, en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesta particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; corriendo el riesgo de absolutizar las cosas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de la misma vida.

El Espíritu Santo socorre al ser humano con el don de la CIENCIA y le ayuda a valorar rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador, siendo Dios el fin de nuestra propia vida.

El Consejo:

El Espíritu Santo ofrece este don especial a los padres, maestros, entrenadores, mentores, consejeros, supervisores, ancianos y similares.

Aconsejar no es sólo la habilidad de dar buenos consejos, sino también de recibirlos. También es la capacidad de discernir entre el bien y el mal y así elegir el bien sobre el mal y actuar en consecuencia.

La Piedad:

Es el único regalo que no forma parte de la lista original de Isaías. La piedad es la santidad personal, la habilidad de vivir una vida decente, libre de pecado, dedicada a Dios y obediente a la voluntad de Dios.

Temor a Dios:

Es la capacidad de ser consciente de que siempre estamos en la presencia de Dios. El temor al Señor es temor, reverencia y respeto a Dios.

Desprecia la autosuficiencia humana y reconoce que todo viene de Dios. En consecuencia, aquellos que “Temen al Señor” ofrecen con gusto su alabanza, adoración y culto sólo a Dios. Según el Libro de los Proverbios: “El temor del Señor es el principio de la sabiduría”. (Proverbios 1,7). El que teme al Señor conoce su lugar como hijo amado de un Padre amoroso.

Oremos siempre para recibir los dones del Espíritu Santo que nos harán crecer en santidad y fortaleza.

La Fortaleza:

Es la capacidad de superar el miedo y estar dispuesto a caminar con Cristo y así resistir activamente la tentación de ceder a la presión y seguir a las masas cuando hacen el mal.

La comunidad cristiana primitiva se describe como llena de coraje para vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo y proclamarlo incluso si está amenazada de muerte.

Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que está difundida la práctica tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y la dureza en las relaciones humanas y sociales.